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[…el tiempo había sido sobrio y le regaló al señor Katzenberg una oportunidad de volver a cruzar palabras con Miss Catzinger, aunque naturalmente significara tener que cavar los cimientos para construir sobre el sentimiento de confianza que en algún momento hubiese pintado con cariño esos recuerdos pasados. Era de esperarse que no todo movimiento lingüístico funcionará con lubricante y el sueño eterno de toda la existencia era apenas lo que lograba salvar las pocas palabras que se llegaban a articular en las contadas charlas que llegaran a tener. Aunque por supuesto, y claramente, no tenía nada de sorprendente, teniendo en cuenta que el tiempo de ausencia oxidó muchos engranes en la maquinaria que hubiesen construido los dos, así que reflejaba una coordinación raquítica para experimentar una plática satisfactoria, pero cada segundo que el señor Katzenberg pasaba con Miss Catzinger le llenaba más de confianza para querer continuar viéndola más seguido, y eventualmente, fueron naciendo más citas a pesar del reproche de Miss. C. con respecto a la carencia de palabras del señor K., sin embargo lo continuaba trabajando.

   Por otra parte, el señor Katzenberg había resuelto una parte importante de su vida con respecto a sostener una tarea laboral, ya que se le había dado el gusto de regresar a la enseñanza, pero esta vez, de lo que reflejara su verdadera pasión: la fotografía. Sin embargo, la luz crea sombras, y ciertos ecos visuales que reverberaban en los ojos del señor Katzenberg le advertían que a pesar de que el ciclo se encontraba terminado, aun quedaba atar ciertos cabos sueltos con respecto a Viñedos, quien había aparecido en un horizonte lejano una vez más, aunque esta ocasión, ajeno al posible conocimiento mutuo, el señor K. por momentos temía lo peor…]

[…El señor Katzenberg se quedó pensativo unos momentos, mientras monsieur Chatnoir se levantó de la mesa para atender desconocidos asuntos. Recordó sus andanzas con Viñedos mientras escuchaba el dulce sonido de la orquesta de  swing “Diablo”, que había llegado hace unos momentos al lugar. Definitivamente no le recordaba a Viñedos, ni siquiera con solo escucharla afinar, la orquesta de ella era, sin duda, claramente distinta lo que se escuchara en el Cabaret; el señor Katzenberg sintió remordimiento certero de tan solo pensar en los momentos incómodos que tuvo que pasar con la orquesta Emilio, sobre todo durante los servicios sociales que daban durante la guerra de los países del este. Si, el señor Katzenberg fue a la guerra: fue a ese lugar misterioso donde no sale el sol porque el cielo es gris y terrible, donde las personas viven con miedo y se regocijan con escuchar el sermón de un falso pastor… si, esos momentos de sensibilidad fundamentalista que intoxicaron su corazón con una enfermedad repulsiva e irreversible de aquellos días de guerra. Aunque la música de Emilio no fuera marchas bélicas o sinfonías militares, no cabía duda que el resonante ruido de las cuerdas en pro del imperio se quedarían grabadas en los tímpanos del señor Katzenberg para siempre.

   Aunque su romance con Viñedos hubiese sido esa luz que por momentos iluminara su perturbada alma, fue esa incomodidad de escuchar cómo la música recorría los ambientes grises y esbeltos de aquellos paisajes sin esperanza, destinados a colapsar. Entonces fue que el señor Katzenberg tuviera ese pensamiento, de que Viñedos fuera en efecto la luz de su alma… pero resultó ser una luz destinada a apagarse cuando ella perdiera finalmente el juicio a causa de la guerra. Si, Viñedos tuvo un colapso de lo que había estado vigente, pero oculto desde antes de que se uniera a la orquesta; esa hambruna interior de ella que terminara por explotar con Katzenberg como si fuesen mil bombas Tzar cayendo directamente en el corazón y el orgullo de él, obligándolos -a los dos- a claudicar la relación. Fue entonces, cuando el señor K. tomó la repentina iniciativa de regresarse a las sombras que lo conocían, esa oscuridad cálida y amable con la que se había familiarizado toda su vida, no esas luces sin contraste que solo quemaban y secaban el espíritu. Por eso regresó el señor Katzenberg al Cabaret, por eso localizó a monsieur Chatnoir para ir una vez más a ese sobrecogedor recinto, para disculparse -a su momento- con miss Catzinger, quien también había sido indirectamente víctima de la guerra, pues, cuando Katzenberg conociera a Viñedos, se encontraba saliendo previamente con Catzinger, pero esa falsa esperanza fue lo que lo conquistó a él, y con el dolor de su alma tuvo que tomar una decisión, decisión paulatinamente equívoca. Pero ahora que había regresado, era de suponer que volviese a buscarla a ella, al menos, para ofrecerle una taza de té como apología, pero eso sería a su tiempo, una historia que aun tuviese que trazar.]

FIN

[…el señor Katzenberg era un tipo muy disperso, demasiado distraído -en efecto- y constantemente se quedaba pensando en algo que no tenía mucha relación con el contexto en el que se encontraba; tenía esa tendencia a fantasear y soñar despierto como un cachorro somnoliento en primavera. En cambio, monsieur Chatnoir era un sujeto recto, firme, elegante y por momentos incluso se podría decir que carecía de sentido del humor, pero sus chistes eran mortales y le gustaba mucho apostar. Los dos, viejos gatos callejeros de la vida bohemia tenían un historial de amistad tan agradable como afortunado, que si bien, solía pasar días sin saber uno del otro, cuando se volvían a ver, es como si ese tiempo ausente no significara nada en absoluto, y efectivamente, ahora que el señor Katzenberg había regresado al callejón, Chatnoir lo recibió con tanto gusto, que dos años (el mayor récord de ausencia) se quedó resumido en dos palabras:…”]

     *M. Chatnoir: ¡Salud colega!

     *H. Katzenberg: ¡Salud amigo mío! Por los viejos tiempos, por los actuales y los que vendrán.

     *M. Chatnoir: ¡Qué bello es lo bello, eso sin duda!

     *H. Katzenberg: Dígame una cosa ¿Ha hablado últimamente con Miss Catzinger?

    *M. Chatnoir: No, a decir verdad, llevo mucho tiempo solamente viéndola entrar y sentarse en silencio. Desde que usted se ausentó han sucedido muchas cosas y francamente le he perdido la huella.

    *H. Katzenberg: Es una lástima, no debí dejarla así…

    *M. Chatnoir: De acuerdo, es suficiente.  Dígame, señor mío, ¿Dónde ha estado? y ¿Qué tiene que ver Miss Catzinger con todo esto?

    *H. Katzenberg: Vaya, sí, le debo una explicación, de eso no hay duda. Pues verá ¿Recuerda usted a la señorita Viñedos? La violista que tocaba en la orquesta del teatro Emilio. Pues, estuve saliendo con ella un tiempo, naturalmente a escondidas, sin embargo, su orquesta tuvo que salir de viaje, y me prensé a ella, como fotógrafo de la compañía, y estuvimos viajando por, bueno, mucho tiempo. Era una familia realmente hermosa, pero no pude adaptarme al ritmo -por muy irónico que suene la apología-, porque, pues eventualmente desarrollé un romance con Viñedos, pero no resultó como lo pude haber ideado originalmente. No me arrepiento de muchas cosas, eso es verdad, sin embargo hay algo de lo que sí presento un rencor personal hacia mí… y precisamente tiene que ver con Miss Catzinger.

[…el señor Katzenberg sostuvo su copa levemente con la yema de sus dedos, meciendo el líquido interior construyendo un pequeño mar de ensueño que se agitaba elegantemente… de la misma forma en que el cabello de Miss. Catzinger se movía con el viento. Ella, consecuentemente, seguía de espaldas, y tal vez, en un considerado gesto, pudiera haberse percatado de la presencia del señor K. a cuatro mesas detrás, sin embargo, la música y el golpeteo de palabras ambientales no contribuían de manera auxiliar para la situación, sino que, en efecto, solamente pintaban ser perturbadoras distracciones que obligaban a los sentidos a trabajar al mínimo, dejando solamente el sexto, en un nivel intermedio solamente. Monsieur Chatnoir levantó su mano derecha en símbolo de que se encontraban listos para ordenar algo más; no fue nada menos que el viejo camarada Pierre Ordinaire (el dueño del recinto) que por momentos también se daba el lujo de atender a la clientela. El viejo Pierre, o simplemente “Doc” como muchos le decían, era muy buen amigo del señor Katzenberg y monsieur  Chatnoir, y con una reverencia inicial les habló con su terrible y divertido acento nasal que siempre le había caracterizado…]

   *Doc: ¡Muy buenas noches mis viejos amigos! Como siempre es un gusto verles por aquí. Temía que se hubiesen olvidado del viejo Pierre, su compañero y fiel confidente. Y díganme, ¿qué más puedo hacer por ustedes?

     *H. Katzenberg: Si, indudablemente, es un verdadero gozo regresar aquí, sobre todo después de tanto tiempo ausente. Pero bien, yo por mi parte, quisiera pedir una copa de Hada Verde, si me hace el favor, puesto que es su especialidad. Espero, que aun siga siendo producida por sus manos y no por otras ajenas al ritmo de preparación.

     *Doc: Por supuesto, mi querido amigo, nadie más que yo -al menos en este lugar- prepara la absinta de esa manera tan personal y suculenta como la bebida misma. Será un placer prepararle un poco, hace mucho que nadie pide eso, y es triste, pero la práctica, lo bien aprendido jamás se olvida, eso sí. Con gusto se lo traigo, pero usted, monsieur Chatnoir ¿qué desea pedir?

     *M. Chatnoir: Yo, puedo conformarme momentáneamente con un vaso grande de té Chai, espeso como siempre.

     *Doc: En seguida llegará su orden.

     *M. Chatnoir: Ahora sí, señor Katzenberg. La duda me corroe por dentro, dígame, no me siga sumergiendo en la incertidumbre, por favor, acláreme esta duda: ¿En dónde estuvo todo este tiempo? Comento de un viaje ¿a donde fue? y con quién.

     *H. Katzenberg: Con gusto se lo diré mi amigo, solo esperemos que llegue la orden, muero, por probar de nuevo los dulces manjares líquidos de tan pintoresco lugar. Solo tenga paciencia, solo unos momentos más…